Quedarse sin escuela
Por Hugo César Moreno Hernández
Cuando François Dubet explica la experiencia escolar está pensando en la particularidad de una experiencia social limitada por los contornos del dispositivo escolar, es decir, por las reglas, funciones, prohibiciones y exigencias a través de las cuales el sujeto vive su estancia en dicho lugar. Cuando me refiero a la experiencia juvenil quiero establecer, también, la existencia de una experiencia social particular que implica delimitaciones impuestas por el intercambio entre pares, teniendo como telón de fondo las necesidades, intereses, exigencias y límites que impone la sociedad en su conjunto.
En ese sentido, la experiencia escolar y la experiencia juvenil tienen autonomía entre sí, pero se interfieren, intervienen, desvían y definen entre sí. La forma en que se habitan y disputan los territorios según este tramado de experiencias distintas pero bien integradas las convierten propiamente en experiencias, es decir, a partir de ellas la subjetividad se sustenta al construir el sentido de sus prácticas y de su autonomía respecto al sistema social. En este tramado, esa autonomía subjetiva es respecto a la escuela y la socialidad como relación entre pares. Vaya, se alimentan una a otra a fin de tener experiencias plenas en ambos espectros, como estudiantes y como jóvenes.
El hecho de la eliminación del territorio físico ocupado, ahí donde los sujetos hayan y crean espacios intersticiales donde ponen en juego sus saberes y resisten o aceptan los contenidos curriculares, siempre puestos en tensión, enriquece el proceso de subjetivación, porque los sujetos referencian sus experiencias en colectivo, a pesar de que la experiencia es individual, ésta tiene significado si es compartida e, incluso, contrastada con la forma de vivirla con el otro. Los intersticios promueven procesos de socialidad, por ello en el proceso de socialización se intenta eliminarlos o, por lo menos, tenerlos bien vigilados.
Pero la mirada nunca alcanza la osadía de los jóvenes para descubrirlos y crearlos, porque pueden ser en los pasillos, las aulas, los cuerpos o los objetos digitales. Se comparten miradas, toqueteos, golpes y juegos. Se esconde, se escapa o se es atrapado. Uno se sale con la suya mientras otro paga los platos rotos. El bullicio es vital, sístole y diástole de un dispositivo que vive con sus contradicciones. Sin el territorio físico, sin la escuela, sólo queda la intención funcional del dispositivo escolar. Los compañero no están ahí para intercambiar una mirada, para aventar un papel, para hacer la broma o para burlarse de algo o alguien intercambiando un saber entre pares que evidencia la ignorancia del profesor, que le enrojece, enoja o entristece.
Lo vital queda en pequeñas pantallas donde las imágenes, si la cámara funciona o la conexión lo permite, quedan todavía más empequeñecidas y la transferencia de miradas es totalmente cancelada por la forma en que la cámara transmite la imagen. Y la voz, la voz tiene que silenciar el bullicio con un clic para resonar y taladrar como ruido que se empaña con el bullicio de la casa, donde la mamá, el hermano, el papá o el abuelo miran el programa de todos los días, tratando de lidiar con la presencia y esa voz exhalada por las bocinas de la computadora. Eso fue abrumador para muchos jóvenes estudiantes que se quedaron sin el contacto de sus compañeros, sin los baños para esconderse, sin el patio donde urdir travesuras y sólo les quedó el dispositivo escolar en forma de tareas interminables y la voz cansada, asustada e inexperta del profesor, también abrumado por la emergencia.
