Los espacios que perdemos

Los espacios que perdemos

Dora del Carmen Yautentzi Díaz

En el conjunto de los denominados espacios culturales, donde se gestan esos muros invisibles de la belleza de los pueblos, se articularon por siglos redes de comunicación que los seres humanos utilizaron como una forma representativa de contener aquellos saberes ancestrales de representación simbólica, aquellos espacios compartidos dotaron de aprendizaje y apego al territorio y a la propia identidad bien sea familiar o en un ámbito colectivo más amplio.

Hablemos hoy de esos espacios que, al calor de la contemporaneidad han ido perdiendo fuerza y vigencia, sumado al hecho de la cada vez más avasallante ola de jóvenes quienes recurren a los lugares virtuales de la inmaterialidad como una forma de reestructurar esas relaciones sociales y como escape a esos territorios donde por generaciones eran depositarios de los sueños y los temores, de la magia y los peligros. Compartamos unos minutos de reflexión en torno a esos espacios que se avizoran cada vez más lejanos en una lógica de la liquidez baumaniana, de la aparente fluidez a manera de invitación a navegar con la corriente y no estancarnos en esos recovecos de la memoria que hasta hace unas generaciones eran imposibles de evadir.

Comencemos por hablar brevemente en torno a la memoria colectiva familiar como fuente de conocimiento histórico y como repositorio de recuerdos, donde cada miembro de ese grupo social se reencuentra con su propio pasado y construye su historia personal. Recordemos que los recuerdos de familia se desarrollan en forma multidimensional, y cada dimensión corresponde a esos recuerdos de una situación compartida que todos recuerdan de forma particular.

Aunque las conciencias personales sean muros impenetrables todas comparten el hecho de ser comunes y abiertas en ciertos aspectos, dotando de unidad e importancia a esas representaciones concordantes con las que los miembros de la familia se identifican.

Pero volvamos al asunto de los aspectos espaciales donde se recrean esas memorias, echemos un vistazo a esa idea melancólica de los lugares compartidos donde construimos la memoria, fuente de una huella indeleble a manera de ideal social. Es posible encontrar esos espacios en las zonas alejadas de las ciudades, aunque son cada vez más escasos y la lógica de crecimiento poblacional amenaza con desaparecer esos lugares en la suerte de la temporalidad veloz que exige inmediatez y prontitud en todos los procesos de la vida cotidiana.

Por siglos se gestaron innumerables dramas, comedias, relatos y andanzas alrededor de la sobremesa, del fuego, de las copas y de los rezos. Lo mismo sucedía en festividades litúrgicas que cohesionaban la dinámica de la integración familiar a manera de contribuir al discurso y evocación de los episodios históricos de la vida familiar. Cuántas mesas con tazas de café vacías y platos desperdigados han sido mudos testigos de las andanzas de los vivos y muertos de la familia.

Estos elementos de la cultura de una situación olvidada que el otro nos hace recordar, esos secretos habían encontrado un sistema de transmisión de padres a hijos en el que el ingrediente principal siempre fue la imaginación, como forma de rebasar la propia realidad y nos da la posibilidad de interpretar los hechos colectivos y crearnos a nosotros mismos más allá de nuestro propio grupo social.

¡Cuántas abuelas al calor del tlecuil compartían recetas aderezadas con el anecdotario de sus antepasados! Cuantos niños horrorizados escucharon a tíos y abuelos narrar sus encuentros con la Llorona y el muerto mientras volvían de la faena ya caída la noche. Cuantas historias de la revolución gestada en las fábricas textiles tlaxcaltecas han quedado como fervientes y sacros homenajes al valor de hombres y mujeres que vivieron y convivieron en otro tiempo, en otro espacio.

Debemos entender la función de esas anécdotas familiares: no es solo entretener, su función va más allá de un mero espíritu recreativo, se trata de ayudar a los miembros de un grupo familiar a comprenderse a sí mismos y a desarrollar su personalidad como miembros de ese grupo social.

A partir de ese entramado de relaciones entre los miembros familiares fue posible concretar una suerte de relación espacio-temporal que mantenía fijas las afinidades y la amplitud de intereses como de personalidades subyacentes en este grupo social. Esos relatos al calor de las emociones contenían información valiosísima sobre la forma de vida de la familia, que podía ser representativa de toda una sociedad con características similares, eran también productos culturales estéticos. No solamente bastaba con contar una historia familiar extraordinaria, debía tener un entramado de belleza y riqueza artística que incluso proveía de materia prima a la literatura popular. Era posible también crear y recrear esa serie de condiciones de soporte que nos identificaba como miembros de una riqueza particular que sólo la identidad familiar podía explicar.

En la lógica contemporánea de modernidad y globalización, hemos hecho del tiempo un enemigo a vencer a toda costa. Ya esos modelos de temporalidad que correspondían otros espacios, se han vaciado y no queda más que la obsolescencia de la visión temporal donde se contenía y se retraía la memoria y se dotaba de sacralidad a los espacios de intercambio de recuerdos.

Con la transformación espacial derivada de una idea capitalista hemos diseñado una compleja idea reductora del espacio que prolonga ese plano devastador de difusión en que la idea de obtener un usufructo económico rompe el sentido de lo privado y de lo sacro en aquellos espacios de convivencia familiar de antaño.

Ahora con la transformación territorial, el espacio adquiere otra lógica donde subyace un malévolo sentido de la irracionalidad cultural y un sentido de espacio abierto, que solo favorecen recorridos de marcaje en la lógica del tiempo urbano. Estamos experimentando una práctica de la historia que no se sustenta más sobre la relación ritual de la memoria colectiva familiar, o por lo menos no como la conocemos quienes rebasamos las cuatro décadas de ese flujo aprehensivo llamado tiempo.

No es este un llamado el rescate de la creación y recreación oral generacional, es un llamado a la preservación de nuestra verdadera riqueza humana que subyace en el plano de la relación espacio-temporal, el valor adaptativo del ejercicio de la memoria colectiva familiar en esos espacios destinados a la convivencia y a la evocación de los valores concretos de una familia en un momento dado.

En lo que la UNESCO ha definido como el patrimonio intangible de una comunidad, hablamos de estas narraciones que nos remiten a un punto histórico en que las oralidades cosmogónicas y culturales adquieren la calidad de baluartes representativos de la vida de una sociedad particular. Parece que para muchos de nosotros se inauguran estas memorias en otro espacio del que ya han escarbado mucho psicólogos y profesionales de la conducta: los espacios oníricos. Recordamos a manera de conclusión ese pensamiento de Petit a propósito de lo que determina la vida del ser humano es en gran medida el peso de las palabras o el peso de su ausencia.

 

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